jueves, 1 de marzo de 2007

La visión de Lima en "Otras Tardes" de Luis Loayza


Otras tardes es un libro casi otoñal en la narrativa de Luis Loayza. Y al emplear adrede este vocablo (de sonoridad anticuada quizá) no aludimos a la edad en que el autor publicó esta colección de relatos, sino a que se trata de un texto en el que, si bien se aprecia un absoluto dominio de los recursos narrativos, hay un marcado sentido evocativo en donde la ciudad de Lima se revela desde una visión particular y un tanto fragmentada, que correspondería a la visión de las antiguas clases altas o aristocráticas en decadencia enfrentadas a los cambios acelerados sucedidos a partir de la década de los años cincuenta hasta la irrupción de la nueva fisonomía de la Lima de los ochenta. En ese sentido es otoñal la visión de Lima en el conjunto de relatos Otras tardes.
Este ensayo intenta (y no oculta) un acercamiento teórico, y también hermenéutico, de Otras tardes desde la perspectiva de la llamada crítica sociológica de la literatura. Siguiendo las reflexiones de Walter Mignolo, “la comprensión teórica de la literatura no se confunde con la ciencia literaria, sino que se reduce a un tipo de actividad destinada a la formulación de hipótesis y de teorías que den cuenta de la complejidad del fenómeno literario”.(1) Es decir, no corresponde a la ciencia empírico descriptiva de la literatura, cuya metodología la proporciona la filología, sino a la ciencia empírico teórica, cuyo fundamento metodológico la proporciona la filosofía. Ahora bien, como sostiene Mignolo, “toda teoría literaria depende de un paradigma teórico ajeno al quehacer literario”(2) (serían cuatro paradigmas básicos: el semiológico, el fenomenológico, el sociológico y el psicoanalítico), y en ese sentido, su carácter científico es relativo y dependiente de una disciplina científica ajena al referente literario. Sin embargo, es evidente que a partir de estos paradigmas (para nuestro caso particular, el paradigma sociológico) se puede lograr una comprensión teórica de un texto como Otras tardes. Asimismo, si bien la teoría de acuerdo a Mignolo no tiene como función interpretar un texto, que pertenece más bien al nivel de la comprensión hermenéutica (o la “poética”), es difícil intentar sólo “estudiar principios generales de la literatura”, “explanar los aspectos generales del fenómeno literario”, cuando nos circunscribimos a un autor y de éste a un solo texto literario. Además, como sostiene Terry Eagleton en Una Introducción a la Teoría Literaria, la teoría y la crítica literarias están determinadas por “la forma en que organizamos nuestra vida social en común” y por “las relaciones de poder que ello presupone”(3). De este modo, la pretensión de objetividad teórica absoluta, en una suerte de extremo cientificismo, dejaría fuera la posibilidad de una interpretación que conlleve una crítica de una obra escrita desde la subjetividad (como lo es sin duda Otras tardes), olvidando que también toda teoría, por más objetiva que se suponga, siempre implica “una relación de poder”.

(1) MIGNOLO, Walter. Teoría e interpretación de textos. México, UNAM, 1986.
(2) Ibid.
(3) EAGLETON, Terry. Una Introducción a la teoría literaria. FCE. 1998. 291pp.

LA GENERACIÓN DEL 50 Y EL CONTEXTO NACIONAL E INTERNACIONAL

Luis Loayza pertenece a la Generación del 50, la cual renovó las letras peruanas. Importantes poetas como Washington Delgado, Carlos German Belli, Carlos Eduardo Eielson, Emilio Westphalen, así como historiadores del prestigio de Pablo Macera y Luis Guillermo Lumbreras, son considerados dentro de esta generación de intelectuales y artistas. En la narrativa, destacan Julio Ramón Ribeyro, Oswaldo Reynoso, Carlos Eduardo Zavaleta y Enrique Congrains Martin, entre otros.
Loayza, junto con Mario Vargas Llosa y Abelardo Oquendo, conformó parte del grupo más joven, epigonal, de esta generación. Su primer libro “El Avaro” (1955) aparece en el contexto del acelerado proceso de las migraciones de la sierra a la costa. Asimismo, Loayza, como los demás integrantes de su grupo generacional, está marcado por el signo de la postguerra mundial, lo cual en el ámbito de la literatura se expresará, por un lado, en el existencialismo, y por otro lado, en una narrativa sin referentes sociales e históricos, como el nouveau roman francés. Por otro lado, la sombra del odriismo también impulsará a algunos escritores a asumir cierto compromiso político o, por lo menos, centrar su narrativa en una estética realista. Luis Loayza, sin embargo, es de alguna manera un escritor que no habría hecho suyas las preocupaciones centrales de su generación. Su esteticismo, si bien tiene afinidades con el nouveau roman (sobre todo en su primer libro), no abandona del todo los referentes realistas, pero sin ahondar en las preocupaciones sociales.
En todo caso, el trabajo con el lenguaje es uno de los aspectos más destacables de Luis Loayza, pero sin llegar a la experimentación lingüística, aspecto en lo que también se distingue de varios coetáneos. No olvidemos que la generación del 50 también se nutrió de la influencia de Joyce y Faulkner (introducidos en nuestro país por Zavaleta) y que fue Vargas Llosa quien desarrolló las técnica del punto de vista múltiple en sus primeras novelas. Frente a ello, se ha mantenido en un perfil bajo, casi en un “tono menor” no por falta de calidad sino porque para él la literatura sería asumida como una experiencia cultural que busca más el refinamiento en la prosa que la exploración de nuevas formas expresivas, como sugiere Miguel Gutiérrez.(1)


(1) GUTIÉRREZ, Miguel. La generación del 50: un mundo dividido. Historia y balance. Lima. Editorial Labrusa. 1988.



LA NARRATIVA DE LUIS LOAYZA:
ENTRE EL NOUVEAU ROMAN Y LA TRADICIÓN GENTIL


Destacado usualmente como prosista, Luis Loayza ha merecido recientes esfuerzos de las nuevas generaciones de la crítica académica para redimensionar su obra, integrándola a las nuevas tendencias de la narrativa que obedecen a un paradigma donde, paradójicamente, lo narrativo tendría una significación menor. Así, Mondoñedo se vale de las categorías de la narratología propuestas por Gerard Genette para afirmar que en la novela Una piel de serpiente de Loayza hay “no sólo la preponderancia del relato sobre el discurso, sino también de la descripción sobre la narración”.(1) Sin embargo, apartándose de Genette, Mondoñedo no considera que la descripción en el caso de Loayza posea una función decorativa ni una función explicativa de la psicología de los personajes, sino que estaría vinculada a la “poética” del nouveau roman francés (y su principal escritor-teórico Michel Butor), la cual se expresaría en “el esfuerzo radical de constatar el mundo y dejarlo aparecer por sí mismo”.(2)
El problema de esta aproximación de Mondoñedo a un texto de Loayza, con el obvio intento de “actualizar” su narrativa a la luz de la moda posmoderna, es que asume que la descripción, a contrapelo de la narración, es un acto objetivo en el sentido de que “objetiva” una realidad sin mediaciones no sólo subjetivas, sino culturales, históricas, sociales y, por supuesto, ideológicas; creencia que es de por sí discutible. Más bien, como sostiene Eagleton, la literatura se debe ubicar en el ámbito de la ideología. Es más, retomando a Batjin, hay una necesaria imbricación entre el lenguaje y el poder. El lenguaje se encuentra “saturado de intenciones”, de “valoraciones previas” que se acumulan en la “vida de la palabra”, por lo cual no hay “formas neutrales”, “palabras de nadie”. “Para la conciencia que vive en él –dice Batjin– el lenguaje no es un sistema abstracto de formas normativas, sino una opinión plurilingüe del mundo”.(3) Si contraponemos esta opinión del padre de la poética social dialógica con la de Michel Butor, queda claro que no es posible a través del lenguaje (y de la literatura en particular) “constatar el mundo y dejarlo aparecer por sí mismo” en tanto que todo lenguaje (y toda literatura) es “una opinión (subrayado nuestro) plurilingüe acerca del mundo”.
Sin embargo, es cierto en líneas generales que en los relatos de Loayza prima la descripción sobre la narración como las entiende Genette, y esto se puede apreciar incluso en el libro Otras tardes. Partamos de un comentario de Augusto Tamayo Vargas sobre Otras tardes:
“Al fluente contar de las cosas se une un poder extraordinario de reminiscencia, creando o recreando más bien, la atmósfera de un pasado limeño de los años treinta y cuarenta, que se proyecta al presente entre sombras de emoción logradas, con efectos muy bien conseguidos para desatar el ‘recuerdo’. Se trata de ficciones que, sin embargo, parecen evocaciones y que muestran a un hábil tejedor de situaciones”.(4 )
Rescatemos de este comentario de Tamayo Vargas una idea clave: el conjunto de relatos de Otras tardes son ficciones con apariencia de “evocaciones”. ¿Qué diferencia hay entre la simple evocación, la reminiscencia personal, el recuerdo de los hechos vividos, y la estructura tradicional del cuento? Una diferencia importante sería que un relato construido sobre la base de la memoria sólo puede contener una lógica interna frágil y, por tanto, no puede poseer una estructura coherente como sí se le exigiría a una ficción que pretenda contar una historia. En otras palabras, cuando se apela al recuerdo, la objetividad queda de lado, y la verosimilitud también. Los hechos se presentan con el orden en que vienen a la memoria, por lo cual el relato siempre tiende a ramificarse, a fragmentarse, y por lo tanto, los párrafos extensos, las oraciones subordinadas, los paréntesis y digresiones empleados por el narrador se ajustan como estilo a esta poética de la ficción como apariencia de evocación. Esta poética, creemos, parte de la conciencia del autor de que es mejor prosista que narrador, por lo cual usa diversas argucias técnicas para relativizar lo narrado, y al ubicar las historias en el plano ambiguo de la memoria de los personajes, justifica los vacíos, las omisiones y las fisuras estructurales del relato. En el cuento “Otras tardes”, por ejemplo, el narrador revela en las primeras líneas que Ana no era el tipo de mujer que le gustara a Carlos; sin embargo, inmediatamente leemos una serie de situaciones provocadas por él primero para seducir a Ana y luego para retenerla. El propio narrador no parece muy seguro de lo que cuenta: “Carlos pensó que también Ana debía ser miope y que más valía no hacerse ilusiones; en realidad ni siquiera pensó en esto, no pensó en nada (subrayado nuestro), estaba atento a su clase y la mirada insistente de la muchacha, la propia sonrisa y el encogerse de hombros mentalmente sucedieron un poco al margen”. (5) Sin embargo, basta que el lector retorne a unas líneas atrás y concordará en que “la mirada insistente de la muchacha” no pudo ser algo marginal en la mente de Carlos, porque el narrador afirma que si Ana “le llamó la atención (a Carlos, acotación nuestra) fue porque lo miraba fijamente a los ojos”, y además el narrador enseguida relaciona ese incidente trivial con un suceso semejante con otra chica el año en que Carlos comenzó a enseñar. Esta pequeñas aunque reiteradas contradicciones del narrador de este cuento y que se repiten en los demás relatos de Otras tardes, en tanto que se presentan al lector como evocaciones, como flujos de la memoria, si bien ficticios, carecen de relevancia porque justamente se explican por el carácter evocativo de los textos y, por tanto, no se necesita que la historia esté coherentemente estructurada desde la absoluta verosimilitud. En otras palabras, la narratividad no es crucial en las ficciones de Otras tardes.

En el otro extremo de la crítica a la obra de Loayza se ubica Miguel Gutiérrez. Más allá de sus juicios o valoraciones sobre la obra de Loayza en particular, lo interesante del enfoque de Gutiérrez es que lo vincula a un intento (frustrado) de las clases hegemónicas de crear una tradición literaria gentil en el Perú:
“En otra parte dijimos que los descendientes de los encomenderos, vale decir, las clases y castas que asumieron el poder después de la Emancipación fueron incapaces de crear en literatura una tradición gentil. (...) Ahora bien, matizando un tanto lo que afirmáramos anteriormente, con Martín Adán y sobre todo con Diez Canseco –en especial con El Mirador de los Ángeles– se pusieron las bases de una cierta tradición gentil que se ha venido desarrollando con Loayza, Bryce y ahora último, con escritores jóvenes como Alonso Cueto”.(6 )
Si bien sería absurdo afirmar que Loayza haya decidido escribir ficción en representación de una clase social o una casta, resulta reveladoras las coincidencias (y las diferencias también) entre la visión de Lima que nos ofrece el autor de Otras tardes y la del grupo social de donde él proviene, como veremos en el siguiente capítulo.


(1) MONDOÑEDO, Marcos. “Una piel de serpiente de Luis Loayza. Crítica, poética & encuadres”, El Hablador No. 1, site: http://www.elhablador.com/loayza.htm
(2) Ibid.
(3) SÁNCHEZ TRIGUEROS, Antonio (director). Sociología de la literatura. Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Editorial Síntesis, Madrid, 1996.
(4) TAMAYO VARGAS, Augusto. Literatura Peruana. Tomo III. Editorial Horizonte, pp.900-901.
(5) LOAYZA, Luis. Otras tardes. Adobe Editores S.A. 2000.
(6) GUTIÉRREZ, Miguel. La generación del 50: un mundo dividido. Historia y balance. Lima. Editorial Labrusa. 1988. p. 138


LA VISIÓN DE LA CIUDAD DE LIMA EN “OTRAS TARDES”

Otras tardes no es el primer libro de ficción donde Luis Loayza nos ofrece una visión de la ciudad de Lima. Ya en Una piel de serpiente (1964) el contexto urbano limeño, aunque sugerido más que descrito con amplitud, aparece en su prosa como un espacio autónomo donde se expresa la naturaleza u otros aspectos que pertenecen más al ámbito interno del personaje, a su peculiar percepción. Sin embargo, en Otras tardes (1985) la visión de Lima está más marcada por la nostalgia: mientras se describen aspectos de la ciudad en la década de los años treinta, e incluso antes, con la añoranza del “paraíso perdido”, tanto el narrador como los personajes manifiestan cierto rechazo de cómo ha evolucionado la ciudad en el presente.
En los relatos no sólo se observan dos Lima antagónicas sino un doble antagonismo: 1) el antagonismo entre el centro de Lima de un pasado oligárquico y el “balneario” Miraflores de la Lima burguesa emergente de los años treinta, y 2) el antagonismo entre este Miraflores, donde “había acequias en todas las calles, en las tardes calurosas bastaba detenerse un instante para escuchar el rumor fresco en el fondo del silencio” (“La enredadera”), y el Miraflores de ahora (que en los relatos debemos suponer que se refiere a la década de los ochenta, aunque no se explicita desde qué tiempo presente se narra).
Un ejemplo del primer antagonismo lo tomamos de “La enredadera”: “El ambiente de las casas de Lima era distinta al de la de Miraflores; más denso y lleno de cosas; otra luz, otro perfume; en él mis padres parecían contentos y seguros de sí, mientras que en casa de mi abuela debían sentirse prisioneros”. Este primer antagonismo no sólo revela un problema generacional sino es consecuencia del desplazamiento de los padres de su hábitat original a uno nuevo que pertenece emocionalmente a los hijos, pero en el segundo antagonismo es el mismo hábitat el que se ha modificado por fuerza de la “modernidad”. Así, Jaime, protagonista de “Padres e hijos”, recorre una noche Miraflores para tratar de reconstruir en la memoria la fisonomía del Miraflores de su infancia: “A veces había desaparecido lo que buscaba o se esforzaba en vano por restablecer una calle desfigurada o recobrar el rancho cuyo lugar ocupaba ahora un edificio recién terminado; otras, ciertas casas o calles parecían a punto de decirle algo, pero aunque se detenía y esperaba pacientemente, la voz que sonaba en la memoria era demasiado tenue y confusa, como cuando alguien habla en la habitación de al lado y no distinguimos las palabras”.
Por otro lado, una ciudad se define no sólo por su arquitectura y sus demarcaciones políticas y geográficas, sino por la gente que lo habita. En el libro Otras tardes casi todos los personajes limeños corresponden a un mismo grupo social; aun cuando provengan de “familias venidas a menos”, como los protagonistas de “La enredadera” y “La segunda juventud”, está claro que el círculo de amistades y los lugares que frecuentan son los mismos. Miraflores, Chosica, el centro de Lima de resonancias virreinales, cuando no Europa o Nueva York, son espacios que se van cargando de contenido afectivo para los personajes a medida que se dejan llevar por la nostalgia de una belle époque de bonanza económica y prestigio social que no volverá.
Si bien se menciona en algún relato una quinta y alguna casona antigua, así como también departamentos en zonas residenciales, la imagen recurrente del hábitat de la mayoría de personajes de estos relatos son casas amplias, todas con jardines. El mito de la Lima ciudad-jardín, que se promovió en las primeras décadas del siglo XX (y aún se promueve aunque actualmente por razones ecológicas), está interiorizado en el imaginario de los protagonistas. Así, cuando en "Otras tardes” Ana supuestamente viaja a Chosica, a una casa que el protagonista desconoce, el narrador nos contará que “Carlos se imaginaba a Ana imaginando la neblina limeña, tendida al sol en su jardín, con anteojos negros”. Asimismo, el protagonista de “La segunda juventud” dirá: “Graciela es un poco pariente mía y guardo de ella recuerdos de infancia, la veo vagamente correteando en un jardín”. Aunque el autor no ignore que en Chosica como en casi toda la ciudad abundan las barriadas, el polvo, los terrales, y hasta la falta de agua, y por supuesto viviendas sin jardín, sus personajes sólo pueden imaginarlas con jardín.
Incluso las diferencias económicas (más que sociales) se establecen a partir del tamaño y tipo de jardín, como en “Fragmentos”, donde en el relato inicial se compara el jardín de Julio con el de Adriana de esta manera: “Julio esperaba en el jardín que llegase la hora del almuerzo, lo llamaban jardín, era muy pequeño, trozos de hierba amarillenta, unas pocas plantas mustias, un arbolito con las hojas cubiertas de polvo (...) En cambio los padres de Adriana vivían en una casa que le pareció enorme, separada de la calle por una alta reja de hierro mohoso, rodeada de un jardín en el que no sólo había césped y flores sino también árboles, dos palmeras delante y varios ficus detrás, en el huerto, árboles altos y espesos con nidos de cuculíes”.
El jardín es, como dijimos, parte del imaginario de una clase social y, paradójicamente, las bellas y emocionadas evocaciones que merece en los personajes están ausentes, o se mantienen sentimentalmente distantes, a veces humanamente lejanas, cuando hay alguna referencia marginal de quien las cuida. En “La enredadera”, por ejemplo, esta es la descripción que se ofrece del jardinero: “era un hombre hosco que hablaba con las plantas y no con la gente”. Pero a estos personajes y a su narrador, a la hora de las descripciones, les interesa menos la gente que cuida sus plantas que sus idílicos jardines, por lo cual se puede suponer de dónde proviene la imposibilidad del diálogo.
Sin embargo, en Luis Loayza hay un autorreconocimiento, la conciencia del estrecho margen social en que se mueven sus personajes, y por ende, una especie de autocrítica que aparece un tanto tenue pero que se debe resaltar. En “Fragmentos”, por ejemplo, leemos: “Así era, en efecto; en la Lima de ese tiempo todo el mundo (el mundo quería decir una clase social, justamente la que pensaba a sí misma como ‘todo el mundo’) se conocía”. En “Padres e hijos” el personaje dirá sin nostalgia: “Se hacen casas para una gran familia unida de varias generaciones, que ya no existe y acaso no ha existido nunca”. Finalmente la mirada nostálgica, a veces complaciente, que nos ofrecen los personajes de Loayza (“¿Qué quedaba de la ciudad delicada en el caos ruidoso e impersonal que sigue llamándose Lima?”) está matizada por esta sinceridad un tanto pesimista, por momentos lúcida, del mundo social que suele representar en sus escritos, y esta es la sensación última que nos deja el libro, la de una Lima que ha fracasado como proyecto de ciudad para las clases hegemónicas y que necesita replantearse no sólo urbanísticamente sino social y culturalmente.


CODA

Como sostiene el español Antonio Chicharro Chamorro, “decir hoy que los hechos literarios son productos estéticos supone reconocer desde un principio que son prácticas históricas, esto es, que su espacio no es transhistórico ni permanente o eterno”(1). Desde esta perspectiva vinculada al paradigma sociológico, hemos intentado comprender teóricamente Otras tardes de Luis Loayza en uno de sus aspectos, esto es, la visión de la ciudad de Lima que se ofrece en los relatos y su correspondencia con un grupo social hegemónico. La hipótesis de trabajo partía de la existencia de esta correspondencia, enmarcada en el intento de desarrollar una tradición gentil en literatura (Gutiérrez dixit); sin embargo, como vimos, el autor no asume plenamente la visión nostálgica y complaciente de estos sectores sociales sino que su mirada está matizada por cierta reflexión autocrítica del grupo social de donde proviene.



(1) SÁNCHEZ TRIGUEROS, Antonio (director). Sociología de la literatura. Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Editorial Síntesis, Madrid, 1996.


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

DELGADO, Washington. Historia de la literatura republicana. Lima. Editorial Richkay Perú, segunda edición. 1984.
EAGLETON, Terry. Una introducción a la Teoría Literaria. FCE. 1998. 291pp. FERNÁNDEZ, Camilo. “Primera aproximación a ‘El héroe” de Luis Loayza”, abril de 2003, revista virtual Ciberayllu, site: http://www.andes.missouri.edu/andes/ comentario/CFC_Heroe.html
GUTIÉRREZ, Miguel. La generación del 50: un mundo dividido. Historia y balance. Lima. Editorial Labrusa. 1988.
LOAYZA, Luis. El avaro. Cuadernos de Composición. Lima, 1955. 20pp.
LOAYZA, Luis. Una piel de serpiente. Populibros. 1964. 120pp.
LOAYZA, Luis. Otras tardes. Adobe Editores S.A. 2000. 142pp.
MIGNOLO, Walter. Teoría e interpretación de textos. México, UNAM, 1986.
MONDOÑEDO, Marcos. “Una piel de serpiente de Luis Loayza. Crítica, poética & encuadres”, El Hablador No. 1, site: http://www.elhablador.com/loayza.htm
SÁNCHEZ TRIGUEROS, Antonio (director). Sociología de la literatura. Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Editorial Síntesis, Madrid, 1996. 223pp.
SUMALAVIA, Ricardo. “¿Quién conoce a Luis Loayza?”, 8 de marzo de 2004, suplemento Variedades, diario El Peruano.
TAMAYO VARGAS, Augusto. Literatura Peruana. Tomo III. Editorial Horizonte.